Moya presentó otra ponencia, esta vez en el III Congreso Internacional de Comunicación, Géneros y Sexualidades.
(UNLP, 14 y 15 de junio de 2012)

Con el tema readaptado, cerró la mesa de exposiciones durante la primera jornada de ponencias en el Congreso Comedu.
A la memoria de Ana María Estevao
El Sistema,
según una premio Pulitzer
según una premio Pulitzer
Introducción
Susan Faludi sistematizó en un libro los dispositivos reaccionarios contra la liberación de la mujer. Su estudio en los EE.UU. durante la administración Reagan en la década del ’80, sirve como punto de partida para comparar su aplicación en Latinoamérica.
Nada más parecido al espíritu crítico de esta periodista que la introducción a este III Congreso: “Desde los años de plomo del neoliberalismo… Los ataques a las propuestas de los movimientos de diversidad sexogenérica por parte de los neoconservadurismos, se sostienen en (…) la supuesta carga crítica contra los valores de la familia, la nación y el decoro-moralidad en Occidente”.
En pos de una noción rápida de aquellos aportes, proponemos un resumen de su trabajo.
La investigadora
Susan Faludi sistematizó en un libro los dispositivos reaccionarios contra la liberación de la mujer. Su estudio en los EE.UU. durante la administración Reagan en la década del ’80, sirve como punto de partida para comparar su aplicación en Latinoamérica.
Nada más parecido al espíritu crítico de esta periodista que la introducción a este III Congreso: “Desde los años de plomo del neoliberalismo… Los ataques a las propuestas de los movimientos de diversidad sexogenérica por parte de los neoconservadurismos, se sostienen en (…) la supuesta carga crítica contra los valores de la familia, la nación y el decoro-moralidad en Occidente”.
En pos de una noción rápida de aquellos aportes, proponemos un resumen de su trabajo.
La investigadora
Hija de una
ama de casa periodista y de un fotógrafo sobreviviente del Holocausto, Susan
Faludi se graduó en Harvard (1981). Una década después, ganó el Pulitzer por un
informe sobre "costos humanos de las altas finanzas".
A fin de
ese año, publicó el primero de sus tres libros sobre género. Periodista en The New York Times, Miami Herald y Wall Street
Journal, halló patrones de resistencia al feminismo, que sistematizó en: Reacción, premiado con el National Book Critics Circle Award.
Luego
estudió al varón. En Petrificados. La
traición del hombre estadounidense (1999), plantea que es errado culparlos
por las diferencias de clase que sufren ambos géneros, ya que el poder no está
en los varones sino en pocos de ellos.
Luego del
11-S, notó otra tendencia a atribuir un rol débil a las mujeres, protegidas de
ataques por los machos (The Terror Dream:
Fear and Fantasy in Post-9/11 America –2007–).
La investigación
La investigación
Faludi toma la ironía de que “la culpa es del feminismo”
(ellas en EE.UU. consiguieron la liberación que exigían pero son infelices) y
plantea que tal “culpa” fue inducida desde el poder como represalia por los
avances de ellas.
Las mujeres tienen “tanto”, dijo el ex
presidente R. Reagan, que la Casa Blanca no necesita nombrarlas en puestos más
altos.
Comprobará su
tesis con ejemplos del cine, la TV, la moda, los cosméticos, las cirugías, los
libros de autoayuda, la psicología, la publicidad y los medios que legitiman esos
discursos.
(La reacción) es al mismo tiempo
sofisticada y banal, de engañoso “progresismo” y orgullo “retrógrada”.
Despliega tanto los nuevos hallazgos de la investigación científica como la
moralidad barata de ayer; convierte en sonido de los medios tanto los volubles
pronunciamientos de los observadores de tendencia de la psicología popular como
la retórica frenética de los predicadores de la Nueva Derecha.
Faludi resume:
Lo que las ha hecho infelices no fue su
“igualdad” –que no poseen– sino la creciente presión para detener o revertir la
búsqueda de esa igualdad.
I. Mitos
Cita cuatro
mitos con fuentes como las universidades de Stanford, Yale y Harvard: Escasean los
hombres; las divorciadas tienen un devastador descenso económico; las
profesionales caen en una “epidemia de esterilidad”; y el “agotamiento” más una
“gran depresión emocional” espera a las profesionales solteras.
Todas
mentiras.[1]
Así lo sostiene
la autora, que desmenuza cada caso.
Newsweek, The Washington Post y
Times dieron más espacio a los detractores de la feminista Shere Hite, que
a su contracara, el “psicólogo” Srully Blotnick ponderado por concluir que “el
éxito en el trabajo envenena a las mujeres”. Sin embargo, cuando se descubrió
que él no era licenciado y que casi nada en su currículum podía confirmarse,
sólo el Estado lo investigó por fraude criminal. Nada más que Times lo publicó, breve.[2]
Ante el Día
de los Enamorados, una periodista pidió a una Universidad “algo para el tercer
párrafo” de una nota. Pero aunque el sociólogo que la atendió le advirtió que
su “estudio de matrimonio” no estaba terminado, ella usó los datos en el título.
Fue a primera plana; Newsweek la
levantó y Associate Press la
distribuyó al mundo: las solteras con estudios
terciarios tenían menos probabilidades de
casarse.
Pero los
medios relegaron otra investigación que lo desmentía.
Al fin,
cuando en Yale terminaron el estudio, sus estadísticas fueron suprimidas: no
sustentaban el errado trascendido inicial.
La
consecuencia no deseada fue que aumentaron las mujeres que se casaban para huir
a la estadística.[3]
En los ’70,
muchos Estados habían promovido leyes antidivorcio que eliminaban los requerimientos
moralistas y dividían los bienes según las necesidades, sin apuntar a quién era
culpable del fracaso matrimonial.
Esas leyes
fueron atacadas por la nueva derecha con argumentos del libro La revolución del divorcio: las
consecuencias económicas y sociales para las mujeres y los hijos (Lenore
Weitzman, 1985).
Hasta que sus
cifras fueron cuestionadas desde dos Universidades; que pidieron ver los datos
de la autora (que no los dio). El nuevo estudio no daba más de 33%, y no 73%,
en la declinación del nivel de vida de las divorciadas. Sólo Wall Street Journal se hizo eco.
Contra las
fuentes antifeministas, datos verificados por el Instituto de Investigación
Social concluían que “los hombres sufren más el divorcio”.
Pero la
campaña tuvo éxito: descendió el apoyo a la liberación de las leyes de
divorcio.[4]
En 1982, el
New England Journal of Medicine publicó
que las probabilidades de las mujeres de tener hijos descendían de pronto
después de los 30 años. Acompañaba su supuesta neutralidad con un editorial que
las exhortaba a “reevaluar su objetivos”.
Un cambio
de esa época es que empezó a considerarse estéril a quien había intentado el
embarazo durante un año, en cambio de los 5 años estipulados antes de que se comercializaran
nuevas tecnologías reproductivas, más caras.
Tal
desinformación fue contrariada en 1985 por el Centro Nacional de Estadísticas
de Salud: la franja estudiada tenía 13,6% y no 40% de probabilidades de ser
estériles. “Como de costumbre, esta noticia no causó sensación en los medios”.[5]
En la reacción, a dos tipos de mujeres
se las consideraba más proclives al colapso:
·
solteras
·
empleadas con sueldos altos.
El empleo
no las enferma sino que las mejora –agrega, con fuentes del Instituto de
Investigación Social y el Centro de Estadísticas–. Para rechazar la “era de la
melancolía”, citó al Instituto Nacional de Salud Mental: “Las tasas generales
para todas las perturbaciones de ambos sexos son semejantes”.[6]
Sobre el
cuidado de los niños, la reacción echó a rodar la versión de que las
trabajadoras los dejaban en centros de cuidado donde podía ser abusados. Fue
tapa en los medios.
Pero el
Laboratorio de la Familia de la Universidad de New Hapshire lo desestimó: “Hay
más peligro de abuso en sus hogares”. La noticia fue confinada por The NY Times a un recuadro entre los
clasificados.[7]
La reacción contra las mujeres regresa
cada vez que ellas comienzan algún avance hacia la igualdad.[8]
II. La reacción en la cultura
popular
Funcional
al uso político, una herramienta de la comunicación fue la nota de tendencia:
Se delata por ciertas características:
ausencia de evidencia factual y de números sólidos; cita a sólo 3 ó 4 anónimas;
usa calificativos como “existe la sensación de que” o “más y más”; se apoya en
el predictivo futuro (“de manera creciente, las madres se quedarán en el hogar
para pasar más tiempo con su familia”) invoca “autoridades” como los
investigadores de consumo o psicólogos que a menudo apoyan sus aseveraciones con
citas a otras notas de tendencia.
Ejemplo de
esto fue la primera plana del NY Times:
“Ahora muchas jóvenes dicen que
preferirían la familia antes que la carrera”. En tal contexto, los medios
inventaron una opinadora: Faith Popcorn.
Faith Plotkin [su verdadero apellido] definió la vuelta al capullo no como gente que va al hogar sino como
mujeres que abandonan la oficina.
Hay una
base económica (para ponerlo en términos marxistas que Faludi no emplea) para
esta superestructura discursiva, especificada por la Harvard Business Review:
“El costo de emplear a mujeres en la
dirección es mayor que el costo de emplear hombres”.
Para
alejarlas del mercado laboral se contó con la complicidad de la industria
cultural.
El cine
En el cine de
períodos de reacción, los esfuerzos por silenciar la voz femenina han sido una
característica (Mae West fue prohibida incluso en la radio).
Según la
historiadora del cine Marjorie Rosen:
“La lista de las víctimas femeninas de
la década del ’40 se lee como la nómina del hospital”…
… Todas
recibían la misma prescripción: dejar el trabajo y casarse.
Este modelo
se repitió en los ’80 desde Hollywood: los productores se preocuparon de
suavizar a las independientes y de ahogar su voz, tal cual, como en Atracción fatal, “la manifestación
psicótica del estudio de matrimonio de Newsweek”,
según Darlene Chan, vicepresidente de Fox.
Un año antes,
en Nueve semanas y media, Kim
Basinger –cacheteada antes de filmar para ponerla en clima– representaba a una
profesional soltera esclava del amor de un corredor de Bolsa, que le ordenaba:
“No hables”.
Mientras las mujeres de la década del
’70 eran escritoras, cantantes, actrices, periodistas investigadoras y
activistas políticas que enfrentaban al sistema, las de los ’80 son
asesoras de dirección, consultoras de inversiones, abogadas de corporaciones,
asistentes… el personal de apoyo del sistema.[9]
Los filmes
de la reacción se esfuerzan por hacer atractiva la maternidad con bebés que casi
nunca lloran.[10]
¿Cuál es el
papel del varón?
Reclaman a las mujeres como su propiedad.
El magnate de Mujer Bonita, convierte a una grosera en su gentil posesión
que habla con delicadeza.
[Sus] héroes [son] grandes papitos
guardianes de indefensas y de familias amenazadas. En el mundo real, los
hombres podían estar perdiendo autoridad, pero en esas películas, policías y
taxistas obtenían el respeto de opulentas intimidadas.[11]
¿La familia
se vio revalorizada?
La década en el cine de la familia
concluyó no con un cordial saludo a las comodidades del hogar sino con una
explosión de odiosas pirotecnias maritales (La guerra de los Roses; Durmiendo con el enemigo).
La TV
Al cine le
siguió la TV: Atracción Fatal se
convirtió en Obsessive Love de ABC. Y
en el primer episodio de Hardball, un
hombre intenta ahogar a una mala mujer policía en la bañera.
Los programadores retrocedieron lo
suficiente como para admitir un par de papeles femeninos en horarios centrales:
Roseanne y Murphy Brown, que se
convirtieron en éxitos. Pero dos mujeres fuertes eran demasiado.
Para la temporada siguiente, se volvió
a: modelos adolescentes, amas de casa, una monja y –ese peculiar prototipo de
la última reacción televisiva– la buena bruja suburbana ama de casa.
Sólo 2 de 33 programas nuevos eran sobre
mujeres trabajadoras.
Entonces se
dio la paradoja de que los auspiciantes iban en contra del rating. Para 1990, el porcentaje de la declinación entre las
espectadoras en esos horarios era dos o tres veces más que entre hombres. ¡Cada
punto de rating equivalía a más de 90
millones de dólares!
No sólo algunos ejecutivos de
programación desean expulsar a las mujeres independientes de la pantalla; lo
exigen sus anunciantes, que ven al ama de casa como a la compradora ideal.
Los mensajes que los anunciantes desean
que promuevan, atraen menos a las mujeres modernas. Las espectadoras dan
ratings a personajes no tradicionales. Pero los principales anunciantes,
productores en alimentos envasados y de bienes del hogar, desean tradicionales
shows que se adecuen a un mensaje vendedor que no ha cambiado en dos décadas.
La
temporada 1987-88, marcó el punto más alto de la reacción en TV:
Sólo 3 de los 22 dramas de horarios
importantes tenían roles principales femeninos (...) El 60% de las series, o no
tenían personajes femeninos o eran personajes menores; el 20% no tenía mujeres.
También perdían el único género
considerado propio: la comedia de situación (...) En espectáculos de horarios
centrales con hogares de un solo padre, dos tercios de los hijos vivían con un
papá o cuidador varón, comparado con el 11% real.
En esto
también se hallaba un patrón:
La desaparición de las mujeres de los
horarios centrales repite un modelo de la década del ’50 cuando padres solos
regían los hogares televisivos.
Las mujeres desaparecieron mientras
surgía un nuevo estilo de series de aventura que sólo las incluía como víctimas
(...) El 66% de los 882 personajes que hablaban eran masculinos.
En esta
pretensión machista, no había lugar para interrumpir embarazos.
[En Cagney and Lacey] Cagney debía
considerar un aborto. En la escena final, perdería el hijo, de modo que nunca
debería tomar la decisión pero eso seguía siendo muy desagradable para los de
CBS. Reelaboraron el libreto eludiendo el asunto.
En un episodio sobre una clínica de
abortos, los funcionarios de transmisión enviaron [al programa] un memo “lleno
de ‘no se debe’”; molestos porque las dos mujeres del programa apoyaran el
derecho al aborto.
La serie obtuvo cinco premios Emmy. No
obstante, fue relegada a un horario condenado hasta que terminó.[12]
En esa
línea, muchos programas de 1988 empezaron a referirse a los partos: los canales
traían de nuevo fantasías regresivas sobre la maternidad y el matrimonio.
En El show de Cosby podían ser “negros”,
pero fue la familia nuclear más que su composición racial lo que resultó
atrayente para los ejecutivos de la TV y para Reagan.[13]
El desalojo de la soltera repite una
pauta. [En los ’50] la TV ofrecía solas (maestras anticuadas, criadas, dactilógrafas)
pero para mediados de la década, cada programa con una soltera protagónica
había sido levantado.[14]
Eso cambió
cuando Mary Tyler Moore abandonó el Show
de Dick Van Dyke para encarnar a una soltera de más de 30 años con vida
sexual independiente, aunque en el trabajo seguía sumisa y llamaba por su
apellido al jefe, a quien todos tuteaban. Eso redundó en que reaparecieran
algunas solteras, aunque sobrehumanas, como La
mujer biónica.
Una década después de su triunfo, los
canales volvieron a presentar a Tyler Moore, pero ya como una ceñuda y
consumida divorciada cuya carrera es objeto de burla.
Hubo otro
programa al que incluso G. Bush se refirió en un discurso:
Thirtysomething despliega un panteón de mujeres de la
reacción: de la madre feliz dedicada al hogar a la solterona neurótica y la
profesional amargada. El personaje menos simpático es feminista.
Nunca obtuvo más de 25 puntos de rating,
decayendo en su primera temporada, pero a los anunciantes no les importó (...)
porque calificaba alto en “demografía de calidad”, el término usado por
la industria para los espectadores de ingresos superiores y la estrategia
desplegada para ocultar una porción de mercado que se reduce.[15]
Moda
… Las que habían descubierto los
pantalones, los tacones bajos y los suéters sueltos durante la II Guerra
Mundial, no estaban dispuestas a abandonarlos durante la paz. La industria de
la moda cayó en un “inquietante hundimiento”, describió Times.[16]
Otra
propuesta liberadora se dio en la década del ’70: el traje sastre, más duradero
y económico, sólo requiere cambiar la blusa durante la semana (John Molloy: El libro del traje de la mujer para el
éxito, 1977).
Entre 1980 y 1987, las ventas anuales de
trajes se elevaron casi en 6 millones de unidades, mientras que los vestidos
declinaron en 29 millones. Pero la ganancia de 600 millones de dólares en
trajes no podía compensar los miles de millones que la industria habría podido
estar ganando en vestidos.[17]
Antes de cerrar
ese balance comenzó la reacción:
Los fabricantes redujeron la producción
de trajes para mujeres en 40%. Varios cerraron esas líneas. No por falta de
demanda: las compras se habían elevado 5,3%.[18]
Los
periodistas de moda sepultaron la “vestimenta para el éxito”. Aunque Molloy
había escrito otro libro similar dedicado a hombres, criticaron sólo la edición
para mujeres. Y un importante periódico que le había propuesto una columna abandonó
las tratativas: “la gente de la moda no lo permitirá”.
Pero ellas comenzaron
una revuelta de la moda, como la denominaron
los medios.
Entre 1980 y 1986, a la vez que las
mujeres compraban más casas, coches, comidas en restaurantes y servicios médicos,
adquirían menos ropa. En una encuesta, más del 80% dijo que odiaba hacerlo, el
doble de una década antes.
En 1987, la
industria de la ropa femenina vacilaba por coincidentes variables económicas
negativas y… por el rechazo de las norteamericanas.
La inseguridad personal es el gran
motivador para comprar. Wells Greene, que realizó uno de los mayores estudios
de los hábitos de compra de moda por parte de las mujeres a comienzos de los
’80, descubrió que cuanto más seguras e independientes se volvían, menos les
agradaba comprar; y que cuanto más les gustaba su trabajo, menos se preocupaban
por la ropa.
La agencia sólo pudo hallar a tres fieles
a la moda:
·
las muy jóvenes
·
las muy sociables y
·
las muy ansiosas
Aunque algo cambió con el ingreso de Christian Lacroix y la Alta
Feminidad. Con ella, los comerciantes dieron la espalda a clientas de clase
media y cortejaron sólo “negocios mejores” (las ricas), una categoría equivalente
a la “demografía de calidad” en la TV.
Pero las
clientas se impusieron y Lacroix calificó como una de las peores vendedoras con
pérdidas de 9,3 millones.[19]
Hubo otro
intento por inventar un mercado en lugar de dirigirse al existente: como sus
consumidoras envejecían, se propusieron “vestir muñecas” jovencitas.[20]
Pero si se
buscaba que la mujer regresara al hogar, debían potenciar ropa para ese ámbito.
En previsión de la “explosión de ropa
interior”, los fabricantes incrementaron la producción a su más alto nivel. El
año en que eliminó trajes sastres, dobló la producción de portaligas.
La prensa, como de costumbre, fue
acogedora.[21]
Estética
Desde las
cirugías estéticas a los cosméticos…
… La industria de la belleza puede
parecer la más superficial de las instituciones culturales que participan de la
reacción pero su impacto sobre las mujeres fue el más íntimamente destructivo.
A los
maniquíes les cambiaron formas y medidas al mismo tiempo que los nuevos
vestidos sin breteles de Lacroix requerían más busto y menos cintura. Ahí
entrarían a tallar los cirujanos plásticos, sobre todo en EE.UU. donde las
mujeres –según estudios del Kinsey Inst.– tienen los sentimientos más negativos
respecto de sus cuerpos que cualquier otra cultura estudiada.
Un cirujano
llegó a hacer implantes de senos con una pajita que sobresalía de las axilas
para agregar o sacar silicona según el gusto de la clienta… aunque sin información
de sus nocivos resultados para la salud.[22]
La Sociedad
Norteamericana de Cirujanos Plásticos lanzó (1983) una campaña: “un cuerpo de
información médica indica que esas deformidades (senos pequeños) son una
enfermedad”. Ofrecieron un plan de financiamiento para su “cura”.
Pacientes de liposucción habían muerto a
manos de cirujanos. La causa más común era la liberación de émbolos grasos en
el corazón, los pulmones y el cerebro, en riesgo toda vez que se raspan los
estratos interiores de la epidermis.[23]
En los 70,
Revlon había lanzado Charlie, un
perfume que celebraba la liberación femenina, con publicidades de una soltera
trabajadora que firmaba sus cheques y sacaba a bailar a los hombres. Pero en
1982, cambió los avisos por los de una mujer que buscaba matrimonio y familia.[24]
La
industria de los cosméticos propuso llevar un diario desenvejecedor en su
estrategia por vender cremas antiarrugas.
Los mensajes en esa veta podían unir la
conciencia femenina de antiguos temores culturales de la mujer mayor con las
realidades modernas de la demografía en envejecimiento de la mujer del auge de
los bebés.
La
cosmética para el pelo revivió a la Muchacha Breck, modelo de brillantes
cabellos que cambiaba cada año hasta los ’70. Repuesta hacia 1987, fue la
nueva-vieja promoción para vender champús. Incrementaron la venta en un 89%...
pero porque rebajaron los precios.[25]
III. Promotoras de la reacción
Faludi cita
a voceras contrarias a las mujeres. Connie Marshner dejaba sus niños al cuidado
de su marido mientras hacía carrera en la política derechista con discursos
paralelos a las convenciones partidarias en los que se oponía a la liberación
que practicaba.[26]
O Beverly
LaHaye, quien en su comunidad evangelista fundó Mujeres Preocupadas por
Norteamérica, que terminó como grupo de apoyo al partido republicano. Escribió
un libro sobre la sexualidad religiosa, con alusiones al derecho de las mujeres
al orgasmo pero criticaba a las que trabajaban fuera de casa aún cuando ella lo
había hecho en Merrill Lynch. Sus secretarias tampoco querían retroceder a quedarse
en el hogar.
En tanto elevaran su voz sólo para
repetir la línea de Mayoría Moral, los líderes de la Nueva Derecha aplaudirían
esa falsa independencia.[27]
IV. Efectos sobre la mente, el empleo
y el cuerpo
Kinder y
Cowan, los más vendedores autores de libros como Mujeres que aman los hombres/ Mujeres que dejan los hombres, habían
planteado que el movimiento de mujeres les había hecho bien a ellas al
quitarles presión por formar pareja. Pero en los ’80, “comercializaban un diagnóstico
contradictorio” al señalar que estaban obsesionadas por el matrimonio. Este es
sólo un ejemplo de los muchos autores de autoayuda que tuvieron un rol en el
desarrollo de tal “conducta obsesiva”.[28]
Otras
terapias proponían: “obtenga ‘poder’ sometiéndose a cada capricho de su hombre”.[29]
Toni Grant,
la psicóloga N° 1 de los medios, reprendía en radio a las oyentes que
cuestionaban actitudes de sus maridos: “aprenda a contener la lengua o le será
infiel”.[30]
Se formaron
terapias grupales para “mujeres que aman demasiado”, título del libro más
vendido de su tipo. En esas reuniones, ellas no podían hablar de ellos sino
sólo de sí.[31]
En todos
los casos, la culpa era de ellas, cual masoquistas, cuyo diagnóstico
psiquiátrico
… pronto degeneró en una especie de definición
comprensiva de la psiquis femenina: tantas sufrían el abuso porque tantas lo
preferían.[32]
Faludi
incluye a la Asociación Psicoanalítica Norteamericana que manipuló información;
desoyó estudios sobre violencia doméstica (femicidio
incluido) y cuidó su interés: los códigos que las compañías de seguro médico
exigen para el reembolso de tratamientos. Desde su lugar de poder asignó código
al masoquismo para redondear un negocio.
Salarios
La administración Reagan restó
importancia o archivó los informes que revelaban la condición declinante de las
trabajadoras.
Durante la
conferencia “Mujeres, hombres y medios. Avances
y reacción”, en la Universidad de California del Sur, una panelista llamó a
olvidar “la fantasía” de hacer carrera en la TV.
En esto hay
una pauta ya vista de ir contra el rating: Jane Pauley, de 39 años, fue
reemplazada por una más joven (a su vez despechada a cambio de otra menor). Su
expulsión derrumbó el rating incluso por
debajo de las historietas.[33]
La Corte
Suprema socavó victorias legales de dos décadas al sumar barreras que
dificultaran probar la discriminación laboral.[34]
Se
consolidó entonces el despido de mujeres o su consiguiente contratación por
menos salario.
Derechos reproductivos
En 1986, un
vendedor lanzó la Operación Rescate: cerrar con candado las clínicas de
planificación familiar. Atrajo a miles de jóvenes que se sentían excluidos de
un mundo que ya no parecía darles un lugar reproductivo.[35]
Entre 1977
y 1989 hubo 77 de esas clínicas atacadas con bombas incendiarias.
La iconografía
del movimiento antiaborto presentaba al feto pero nunca a la madre.
Hacia 1982,
en California, obstetras y genetistas convinieron en que había avances en la
práctica experimental de la cirugía que consideraba al feto un paciente.
A las
embarazadas drogadictas las persiguieron de modo especial.
El Congreso realizó audiencias
alarmistas. Los fiscales les aplicaron duras leyes pensadas para traficantes,
no para usuarios.[36]
Los médicos
invadieron los úteros diciéndoles a sus pacientes que no necesitaban su
consentimiento. Eran apoyados por los jueces.[37]
Las quince
empresas más grandes prohibieron a ellas tener puestos tradicionales
“masculinos” porque podía afectar sus úteros.
Las que
hicieron juicio por discriminación no consiguieron más buenos empleos.
Cyanamid,
que había inducido a la esterilización de sus trabajadoras, las dejó solas
cuando se deprimieron por sentirse “incompletas, como si hubiera cedido a mi
único derecho”.
Al pie
Mientras
preparaba la ponencia, el 10 de mayo, TELEFE emitió Hechizo de amor, con Sandra Bullock y Nicole Kidman. En una escena,
dan la fecha de 1988 en que están: 8
de marzo, invierno en EE.UU., sin embargo, no hay nieve y todos juegan en
paisajes verdes. No parece casual la referencia al día de la mujer. Pero al
final, las estrellas necesitan un hechizo para el que requieren a una docena de
ellas; llaman a las mujeres del pueblo que habían aparecido en distintas
escenas, de las que no se había dado señales de que tuvieran una condición
especial; cada una lleva su escoba. El mensaje para ese crucial final es
transparente: son todas brujas.
Bibliografía
Faludi, S.: Reacción. La guerra no declarada contra la
mujer moderna. Bs. As., Planeta, 1992 ISBN 9507422404
[2] Las estadísticas y una historia de
dos científicos sociales.
[4] El desastre sin culpa: historia de
dos informes de divorcio.
[5] La epidemia de esterilidad: historia
de dos estudios de embarazo.
[6] La gran depresión femenina: mujeres
al borde del colapso nervioso.
[9] Atracción
Fatal: Antes y después.
[10] Criar al bebé cinematográfico.
[11] El hombre de celuloide se hace
cargo.
[12] De la concienciación a la promoción.
[13] El hogar y los patriarcas.
[14] Desaparece la dama sola.
[15] Thirtysomething:
estrías y problemas de estrés.
[16] 7. Vestir a las muñecas: la reacción
en la moda.
[18] Réquiem para el moñito.
[19] Supongo que no les gusta parecer
superfluas.
[20] Con los volados al trabajo.
[21] Feminidad encubierta.
[22] El hombre del pecho de San
Francisco.
[23] Cirugías cosméticas: el cáncer y
otras “variaciones del ideal”.
[24] De Charlie a Ofelia.
[25] El retorno de la Muchacha Breck.
[28] La psicología popular se une a la
reacción.
[37] Escalpelos y cesáreas: intrusos en
el útero.